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Las · Amistades · Peligrosas


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Sé, mi querida amiga, que ya ha tenido usted noticia de la pérdida que acaba de sufrir; yo conocía su ternura por monsieur de Valmont, y comparto sinceramente la aflicción que la embarga. Me apena, en verdad, tener que añadir nuevos pesares a los que padece; pero, ¡ay! Ya no le queda por dar a nuestra desgraciada amiga sino lágrimas. La hemos perdido a las once de la noche. Por una fatalidad, que parece unida a su suerte, y que parecía también burlarse de toda precaución humana, el corto intervalo de tiempo que ha sobrevivido a monsieur de Valmont, sólo le ha servido para conocer la infausta nueva de su muerte; y, como ella misma ha dicho, no ha podido sucumbir abrumada por el peso de sus desgracias hasta que se ha colmado la medida.

En efecto, sabe usted que hace dos días que estaba sin conocimiento; y aún ayer por la mañana, cuando llegó el médico y nos acercamos a su cama, no conoció a ninguno y no pudimos obtener de ella ni una palabra ni un gesto. Pues bien, apenas volvimos cerca de la chimenea, y mientras el médico me daba la triste noticia de la muerte de monsieur de Valmont, esta infortunada mujer recobró su conocimiento, ya porque la naturaleza obrase tal transformación por sí sola, ya porque el oír las palabras Valmont y muerto hayan podido recordar a la enferma las únicas ideas que le preocupaban desde hace mucho tiempo.

Sea de esto lo que quiera, corrió precipitadamente las cortinas de la cama gritando: "¡Qué! ¿Qué dice vuestra merced? ¿Monsieur de Valmont ha muerto?" Traté de hacerla creer que se había engañado y le aseguré que había entendido mal; pero lejos de convencerse, exigió al médico que volviese a empezar el doloroso relato; y como yo tratase aún de disuadirla, me llamó y me dijo en voz baja: "¿Por qué querer engañarme? ¿No estaba ya muerto para mí?" Fue necesario acceder.

Nuestra desgraciada amiga oyó al principio con aire bastante tranquilo; pero poco después interrumpió el relato diciendo: "Ya sé bastante." Pidió en seguida que se le corriesen las cortinas; y cuando el médico quiso de nuevo acercarse a ella para prodigarle los cuidados que su estado exigía, no permitió que se le acercase.

En cuanto el médico salió despidió igualmente a sus doncellas; y cuando estuvimos solas, me rogó que le ayudase a arrodillarse en la cama y que la sostuviera. Así permaneció algún tiempo, silenciosa y sin otra expresión que la de las lágrimas que corrían en abundancia por su rostro. Por último, juntando las manos y elevándolas hacia el cielo, dijo con voz débil, pero ferviente: "Dios Todopoderoso, me someto a tu justicia, pero perdona a Valmont. Que mis desgracias, que yo reconozco haber merecido, no sean motivo de acusación para él y bendeciré tu misericordia." Me permito, querida amiga, entrar en estos detalles en asunto que no dudo renovará y agravará los dolores que la atormentan, porque creo que esta oración de madame de Tourvel ha de llevar al alma de vuestra merced algún consuelo.

Después que nuestra amiga elevó esta corta plegaria, volvió a caer entre mis brazos; y apenas volvió a acomodarse en el lecho, cuando se apoderó de ella un largo abatimiento que no resistió, sin embargo, a los remedios ordinarios. Tan pronto como recobró el conocimiento me pidió que mandase a buscar al padre Anselmo, y añadió: "Éste es el único médico que necesito ahora; siento que pronto acabarán mis males." Se quejaba mucho de opresión y hablaba difícilmente.

Poco tiempo después ordenó a su doncella que me entregara una cajita que envío a usted, que me dijo que contenía papeles suyos; y me encargó que se la entregara en cuanto ella expirase*. En seguida hablóme de usted y de su amistad hacia ella, tanto como su situación se lo permitía y con mucha ternura.

El padre Anselmo llegó hacia las cuatro y permaneció solo con ella cerca de una hora. Cuando volvimos a entrar, el semblante de la enferma estaba tranquilo y sereno; pero era fácil ver que el padre Anselmo había llorado mucho. Se quedó para asistir a las últimas ceremonias de la Iglesia. Este espectáculo, siempre tan imponente y doloroso, lo era entonces más por el contraste que ofrecía la tranquila resignación de la enferma, con el dolor profundo de su venerable confesor que se anegaba en lágrimas junto a ella. La emoción fue general, y mientras todos la llorábamos, ella no derramaba ni una lágrima siquiera.

Invirtióse el resto del día en las preces de ritual, que no fueron interrumpidas más que por los frecuentes desvanecimientos de la enferma. Por fin, hacia las once de la noche, me pareció más molesta y angustiada. Tendí la mano para buscan su brazo; ella tuvo todavía fuerzas para tomarla y la estrechó contra su corazón. Ya no sentí sus latidos; y, en efecto, nuestra desgraciada amiga expiró en aquel mismo momento.

Usted recuerda, mi querida amiga, que en el último viaje que aquí hizo, hace menos de un año, hablando de algunas personas cuya felicidad nos parecía más o menos asegurada, nos detuvimos con complacencia en examinar la suerte de esta mujer misma, cuyo fin desgraciado lloramos ahora. Tantas virtudes, cualidades recomendables y atractivos; un carácter tan fácil y tan dulce; un marido a quien ella amaba y de quien era correspondida; una sociedad donde se divertía y de la que hacía las delicias; belleza, juventud, fortuna; tantas ventajas reunidas se han perdido por una sola imprudencia. ¡Oh, Providencia! ¡Fuerza es admirar tus decretos! Pero, ¡cuán incomprensibles son! Me detengo; temo aumentar su tristeza entregándome a la mía.

La abandono a usted para visitar a mi hija que está un poco indispuesta. Al saber esta mañana por mi conducto una muerte tan inesperada de dos personas de su amistad, se ha puesto mala y la he hecho guardar cama. Espero, sin embargo, que esta indisposición no tenga consecuencia. A sus años no se tiene aún la costumbre del dolor, y estas impresiones son más vivas y fuertes. Esta sensibilidad tan activa es, sin duda, una cualidad laudable; pero, ¡de qué modo todo lo que vemos nos enseña a temerla!

Adiós, mi querida y digna amiga.

París, 9 de diciembre de 17...
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En este momento recibo su carta y sé por ella, querido Bertrand, el triste acontecimiento de que mi sobrino ha sido la desgraciada víctima. Sí, sin duda tengo órdenes que dar, y sólo por este motivo me ocupo de cosas ajenas a mi mortal aflicción.

La carta que me envía de monsieur Danceny es una prueba convincente de que él es quien ha provocado el duelo, y mi deseo es que vuestra merced presente al instante, en mi nombre, la oportuna reclamación. Perdonando a su enemigo, a su matador, ha podido mi sobrino satisfacer su natural generosidad; pero yo debo vengar a la vez su muerte, la humanidad y la religión. Nunca podrá recomendarse bastante la severidad de las leyes contra este resto de barbarie y no creo que en este caso nos esté mandado perdonar las injurias. Espero, pues, que usted emprenda este asunto con todo el celo y actividad de que le reconozco capaz y que se debe a la memoria de mi sobrino.

Cuidará usted, ante todo, de ver de mi parte al señor presidente de... y de conferenciar con él. Yo no le escribo, pues no tengo ánimo más que para entregarme a mi dolor por completo. Usted le presentará mis disculpas y le enseñará esta carta.

Adiós, mi querido Bertrand; le alabo y doy gracias por sus buenos sentimientos y soy su afectísima.

Castillo de..., 8 de diciembre de 17...
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Señora: con gran sentimiento cumplo con el triste deber de comunicarle una noticia que ha de causarle honda pena. Permítame que le recomiende antes aquella piadosa resignación que todos hemos en vuestra merced admirado tan a menudo, y que es la que solamente puede hacernos sobrellevar las desgracias de que está sembrada nuestra miserable vida.

El sobrino de vuestra merced... Dios mío, ¡es necesario que yo aflija tanto a tan respetable señora! El sobrino de vuestra merced ha tenido la desgracia de sucumbir en un duelo que ha tenido esta mañana con el caballero Danceny. Ignoro, en absoluto, el motivo de la cuestión; pero parece, por la carta que he encontrarlo en el bolsillo del señor vizconde, y que tengo la honra de remitir a vuestra merced, que no era él el agresor. ¡Y es preciso que sea aquel que el cielo ha permitido que sucumba!

Estaba en casa del señor vizconde esperándole, a la misma hora en que lo llevaron a ella. Figúrese vuestra merced mi espanto, al ver a su sobrino en brazos de dos criados y todo bañado en sangre. Tenía dos estocadas en el cuerpo y estaba ya muy débil. Monsieur Danceny estaba allí también y hasta lloraba. ¡Ah! ¡Sin duda debe llorar, pero no es ya tiempo de derramar lágrimas cuando se ha causado una desgracia irreparable! En cuanto a mí, no podía dominarme; y a pesar de lo poco que valgo, no dejaba por eso de expresar mi pensamiento. Entonces es cuando se mostró el señor vizconde verdaderamente grande. Me mandó callar, estrechó la mano de su matador, le llamó su amigo y le abrazó delante de todos, diciéndonos: "Os mando guardar a este señor todas las consideraciones debidas a un hombre galante y valiente." Ha hecho además que se le entreguen legajos muy voluminosos, que yo no conocía, pero a los cuales sé que atribuía mucha importancia. En seguida quiso quedarse con su adversario a solas un momento. Sin embargo, yo había enviado a buscar todos los socorros necesarios, así temporales como espirituales. Pero, ¡ay! El mal no tenía remedio. Menos de media hora después, el señor vizconde había perdido el conocimiento. No ha podido recibir más que la Extrema Unción; y apenas le fue administrada, exhaló el último suspiro.

¡Oh, Dios mío! Cuando, al nacer, recibí entre mis brazos a aquel precioso vástago de tan ilustre casa, ¿quién había de sospechar que expiraría en mis brazos también y que yo tendría que llorar su muerte?

¡Una muerte tan temprana y tan desgraciada! ¡Corren mis lágrimas a pesar mío! Pillo a vuestra merced perdón, señora, por haberme atrevido a mezclar mis dolores con los suyos; pero en todos los estados se tiene corazón y sensibilidad, y yo sería muy ingrato si no llorara toda mi vida a un señor que tantas bondades tenía para mí y que me honraba con tanta confianza.

Mañana, después de que salga de aquí el cadáver, haré sellarlo todo, y vuestra merced puede estar completamente tranquila y confiada en mí. Vuestra merced no ignora que este desgraciado acontecimiento acaba la sustitución y hace sus disposiciones completamente libres. Si yo puedo ser a vuestra merced útil, le ruego que tenga a bien comunicarme sus órdenes; yo pondré todo mi celo en ejecutarlas fielmente.

Soy de vuestra merced, con el más profundo respeto, muy humilde servidor,

BERTRAND.
París, 7 de diciembre de 17...
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Ya estoy enterado, señor, de la conducta de usted para conmigo. Sé también que, no contento con haberme burlado indignamente, no teme envanecerse y alabarse de ello. He visto su traición escrita por su propia mano. Confieso que mi corazón se ha sobrecogido y que he sentido cierta vergüenza de haber ayudado tanto al abominable abuso que ha hecho de mi ciega confianza. Sin embargo, no le envidio por tan odiosa ventaja; solamente tengo curiosidad de saber si seguiría aventajándome en todo. Esta curiosidad quedará satisfecha si, como espero, acude usted mañana entre ocho y nueve de la mañana a la puerta del bosque de Vincennes, pueblo de Saint-Mandé. Tendré buen cuidado de que haya allí todo lo necesario para obtener las aclaraciones que me quedan que pedirle.

París, 6 de diciembre de 17... (por la noche).
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Le escribo en el cuarto de su desgraciada amiga, cuyo estado de salud es poco más o menos el mismo. Esta tarde habrá una consulta de cuatro médicos. Desgraciadamente éstas son, como usted sabe, más una prueba del peligro que un medio de socorro.

Parece, sin embargo, que la cabeza se ha fortalecido algo la última noche. La doncella me ha dicho esta mañana que a eso de las doce la llamó su señora, se quedó sola con ella y le dictó una larga carta. Julia ha añadido que mientras ella escribía el sobre, madame de Tourvel había vuelto a delirar, de modo que la muchacha no supo qué dirección debía poner a la carta. Me extrañó que del sentido de ésta no hubiese podido deducir a quién iba dirigida; y ella dijo que temía equivocarse, y que su señora le había encargado mandar inmediatamente la carta. Yo resolví abrirla.

He encontrado el escrito que le envío, el cual, en efecto, no se dirige a nadie, por dirigirse a mucha gente. Sin embargo, creo que a quien se quiso dirigir al principio nuestra desgraciada amiga es a monsieur de Valmont; pero que, sin darse cuenta de ello, ha sido después arrastrada por el desorden de las ideas. Sea de ello lo que fuere, he creído que esta carta no debía entregarse a nadie. La envío a usted porque así verá mejor que yo pudiera expresarlo cuáles son los pensamientos que bullen en el cerebro de la enferma. Mientras continúe tan vivamente afectada, no creo que debamos abrigar esperanza alguna. El cuerpo difícilmente se restablece cuando está tan agitado el espíritu.

Adiós, mi querida y digna amiga. La felicito porque está alejada del triste espectáculo que yo tengo de continuo ante mis ojos.

París, 6 de diciembre de 17...
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(Billete.)



No me gusta que se agreguen malas bromas a los malos procederes, y mi conducta está en armonía con mi gusto. Cuando tengo que quejarme de alguien no trato de ponerle en ridículo; hago más que eso, me vengo. Por muy contento que usted pueda estar en este momento de sí mismo, no olvide que no sería ésta la primera vez que usted se ha aplaudido antes de tiempo, solamente por la esperanza de una victoria que puede escapársele en el instante mismo en que parece más segura.

París, 6 de diciembre de 17...
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(Al despertar)



Bien, querida marquesa, ¿Cómo se encuentra usted, después de los placeres de la pasada noche? ¿No está algo cansada? Convenga usted en que Danceny es encantador; hace prodigios ese muchacho. Usted no esperaba de él eso, ¿no es cierto? Yo soy justo; semejante rival bien merecía que fuese yo sacrificado. Formalmente, está lleno de buenas cualidades; pero, sobre todo, qué amor, qué constancia, qué delicadeza. ¡Ah! si alguna vez fuese usted amada por él como lo es su Cècile, no tendría usted que temer a ninguna rival; lo ha probado esta noche. Acaso a fuerza de coquetería otra mujer pudiera arrebatárselo por un momento; un joven no sabe resistir a insinuaciones provocativas; pero una sola palabra del ser amado basta, como usted ve, para desvanecer esa ilusión; así, pues, sólo le falta a usted ser aquel objeto amado para ser del todo feliz.

Seguramente usted no se ha engañado y ha tenido el tacto suficiente para que pueda temérsela. Sin embargo, la amistad que nos une, tan sincera de mi parte como por usted reconocida, me ha hecho desear la prueba de esta noche; es obra de mi celo; ha tenido éxito, pero nada de gracia; no merece la pena, no había nada más fácil.

Después de todo, no me ha costado más que un poco de maña y un ligero sacrificio. He consentido en compartir con el joven los favores de su querida; pero al fin, él tenía tanto derecho como yo y a mí me preocupaba muy poco. La carta que la joven persona le ha escrito, soy yo quien se la ha dictado; pero era sólo para ganar tiempo, porque nosotros teníamos que emplearlo mejor. La que tengo adjunta no era nada, casi nada; algunas reflexiones de la amistad para guiar en la elección de nuevo amante, pero, en rigor, eran inútiles; hay que decir la verdad, no ha vacilado un momento.

Y además, con su candor acostumbrado, debe ir a casa de usted a contárselo todo, y seguramente este relato le agradará bastante. Él dirá: "Leed en mi corazón." Así me lo hace saber, y usted ve claramente que esto lo arregla todo. Espero que leyendo en su corazón cuanto él quiere, leerá también quizás que los amantes tan jóvenes tienen sus peligros, y hasta que vale más tenerme por amigo que por enemigo.

Adiós, marquesa, hasta otra ocasión.

París, 6 de diciembre de 17...
* * *
(Dictada por ella y escrita por su doncella.)


Ser cruel y malhechor, ¿Cuándo te cansarás de perseguirme? ¿No te basta haberme atormentado, degradado, envilecido? ¿Quieres torturarme hasta en la paz del sepulcro? ¡Qué! En esta mansión de tinieblas en que forzosamente me ha enterrado la ignominia, ¿han de acongojarme las penas sin descanso, ha de ser desconocida la esperanza? No imploro una gracia que no merezco; para sufrir sin quejarme basta con que no excedan mis sufrimientos a mis fuerzas. Pero no hagas mis tormentos insoportables. Déjame los dolores, pero quítame el recuerdo cruel de los bienes perdidos. Ya que tú me los arrebataste, no vuelvas a trazar ante mis ojos su imagen desoladora. Yo era inocente y estaba tranquila, y hasta que te vi no perdí el reposo; oyéndote llegué a ser criminal. Autor de mis faltas, ¿qué derecho tienes tú a castigarlas?

¿Dónde están los amigos que me acariciaban? ¿dónde están? Mi infortunio les espanta; ninguno se atreve a acercarse a mí. Estoy oprimida y me niegan su auxilio. Me muero y no me llora nadie. Todo consuelo se me rehúsa. La compasión se detiene al borde del abismo en que el criminal se hunde. Los remordimientos le desgarran el corazón y no hay quien oiga sus lamentos.

Y tú, a quien he ultrajado; tú, cuya estimación aumenta mi suplicio; tú, que eres quien tiene el derecho de vengarse, ¿qué haces lejos de mí? Ven a castigar una mujer infiel. Haz que al menos los tormentos que sufra sean merecidos. Ya he querido alguna vez someterme a tu venganza, pero me ha faltado el valor para confesarte tu vergüenza. No era por disimulo, era por respeto. Que esta carta, por lo menos, te demuestre mi arrepentimiento. El cielo ha hecho suya tu causa y te venga de una injuria que ignorabas. El cielo trabó mi lengua y contuvo mis palabras. Temería que tú me perdonases una falta que él quería castigar. Me ha sustraído a tu indulgencia que habría herido su justicia.

Despiadado en su venganza, me ha entregado al mismo que me ha perdido. Sufro a un mismo tiempo por él y para él. En vano quiero huirle; me sigue, está ahí, me obsesiona sin cesar. ¡Cuán diferente es de lo que era! Sus ojos no expresan sino odio y desprecio; su boca no profiere más que reconvenciones e insultos. Sus brazos no me rodean más que para ahogarme. ¿Quién me salvará de su bárbaro furor?

¡Pero qué! Es él... No me engaño, es él... vuelvo a verle. ¡Oh! mi cariñoso amigo, ¡recíbeme en tus brazos, ocúltame en tu seno! ¡Oh, sí, eres tú, eres tú! ¿Qué funesta ilusión me había hecho desconocerte? ¡Cuánto he sufrido en tu ausencia! No nos separemos más; no nos separemos nunca. Déjame respirar. ¿No sientes cómo palpita mi corazón? ¡No es de temor, es la dulce emoción del amor! ¿Por qué esquivas mis tiernas caricias? Vuelve hacia mí tus dulces miradas. ¿Qué lazos son esos que tú tiendes a romper? ¿Por qué preparas ese aparato de muerte? ¿Quién altera así tus facciones? ¿Qué haces? Déjame, yo me estremezco. ¡Dios mío! ¿Ese monstruo todavía? Amigas mías, no me abandonéis. Vosotras, que me invitáis a huir, ayudadme a combatirle; y vosotras, que más indulgentes me prometéis aminorar mis penas, venid cerca de mí. ¿Dónde estáis? Si no me es permitido volver a veros, contestad al menos a esta carta, para que yo sepa si me amáis todavía.

Déjame ya, cruel, ¿qué nuevo furor te anima? ¿Temes que no penetre hasta mi alma un dulce sentimiento? Redoblas mis tormentos, me obligas a aborrecerte. ¡Oh, qué doloroso es el odio! ¡Cómo corroe el corazón que lo destila! ¿Por qué me perseguís? ¿Qué tenéis ya que decirme?
¿No me habéis puesto así en la imposibilidad de escucharos como en la de responderos? No esperéis nada de mí. Adiós, señor.

París, 5 de diciembre de 17...
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No dude usted, mi querido amigo, ni de mi corazón ni de mi conducta. ¿Cómo resistir a un deseo de mi Cècile? ¡Ah! Ella es la única a quien amo y a quien amaré siempre; su ingenuidad, su ternura, tienen un encanto para mí que habré podido tener la debilidad de sustraerme, pero que nada ha de hacerme olvidar nunca. Comprometido en una aventura, por decirlo así sin darme de ello cuenta, a menudo el recuerdo de Cècile ha venido a amargar mis más dulces placeres; y acaso no le ha rendido nunca, mi corazón homenaje más verdadero que en el instante en que le era infiel. No obstante, amigo mío, respetemos su delicadeza y ocultémosle mis extravíos, no por engañarla, sino por no afligirla. La felicidad de Cècile es mi más vehemente deseo; nunca me perdonaría una falta que le costase una sola lágrima.

He merecido, lo sé, la broma que usted me da sobre lo que llama mis nuevos principios; pero, puede creerme, no es por ellos por los que en este momento me conduzco, y estoy desde mañana decidido a probarlo. Iré a acusarme a la misma autora y, cómplice de mi devaneo, le diré: "Lea usted en mi corazón, él siente por usted la amistad más tierna; ¡la amistad unida al deseo se parece tanto al amor! Ambos nos hemos aprovechado; pero, aunque susceptible de error, no soy capaz de mala fe." Yo conozco a mi amiga; es tan honrada como indulgente; hará más que perdonarme, aprobará mi conducta. Ella misma se lamentaba de haber traicionado mi amistad; a menudo su delicadeza conmovía su amor; más prudente que yo, fortificará en mi alma esos útiles temores que yo temerariamente trataba de desvanecer en la suya. Yo le debería ser mejor como a usted debo ser más dichoso. ¡Oh, amigos míos, compartid mi gratitud! La idea de deberos mi felicidad aumenta su valor.

Adiós, mi querido vizconde; el exceso de mi alegría no me impide preocuparme de las penas de usted y de tomar parte en ellas. ¡Ojalá pudiera serle útil! ¿Madame de Tourvel sigue inexorable? Se dice también que está muy enferma. Dios mío, lo compadezco. Ojalá pueda recobrar la salud y la indulgencia para hacerle dichoso. Estos son los votos de la amistad; me atrevo esperar que se cumplirán por obra del amor.

Quisiera hablar más tiempo con usted, pero la hora es avanzada y acaso me esté ya esperando Cècile.

París, 5 de diciembre de 17...
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Dos veces he estado en su casa, mi querido caballero; pero desde que Ud. ha abandonado el papel de amante por el de hombre de buenas fortunas, se ha hecho inencontrable. Su criado me aseguró, sin embargo, que volvería a la noche, que tenía orden de esperarle; pero yo, instruido de sus proyectos he comprendido que usted no permanecerá en su casa más que unos momentos, y al punto renovará sus excursiones triunfadoras. En buena hora, no puedo más que aplaudir; pero tal vez por esta noche usted cambie de dirección. Usted no conoce todavía más que la mitad de sus asuntos; es preciso ponerse al corriente de la otra, y después,
decidir. Lea pues en calma. No trataré de distraerlo de sus placeres, sino al contrario, presentarle la elección entre ellos.

Si hubiera tenido su entera confianza, si hubiera sabido por usted la parte de sus secretos, que me ha dejado adivinar, habría sido instruido a tiempo, y mi celo, menos torpe, no molestaría hoy su marcha. Cualquier partido que usted tome hará hoy la dicha de otro.

¿Usted tiene una cita para esta noche, no es cierto, con una mujer encantadora a quien ama? porque a su edad, ¿qué mujer no se adora al menos los ocho primeros días? El lugar de la escena debe aumentar el encanto. Una casita deliciosa, tomada para usted, debe embellecer la
voluptuosidad, los encantos de la libertad y del misterio. Todo está convenido; usted es esperado, usted arde en deseos de llegar allí; he aquí lo que ambos sabemos, aunque nada me haya dicho. Ahora, he aquí lo que usted no sabe y lo que voy a decirle yo.

Desde mi vuelta a París me ocupaba en los medios de aproximar a usted a madame de Volanges; lo había prometido, y la última vez que le hablé de ello, tuve ocasión de oír de sus labios, que era todo aquello ocuparme en su dicha. No pude triunfar por mí solo en empresa tan difícil; pero después de preparados los medios, confié el resto al celo de su joven amada. Ella ha encontrado en su amor recursos de que mi experiencia carecía; la desgracia de usted quiere que haya triunfado. Desde hace unos días, me ha dicho ella, se han vencido toda suerte de obstáculos, y hoy la dicha que buscaba sólo de usted depende.

Desde hace unos días se jactaba de comunicarle la noticia por sus propios labios, y a pesar de la ausencia de su mamá, hubiera sido recibido usted; ¡pero usted no se ha presentado! y para decirlo todo, sea capricho o razón, la joven me ha parecido un tanto enojada de tan poca diligencia por parte suya. En fin, ha encontrado el medio de hacerme llegar a ella, y me ha hecho prometer que entregaría a usted la carta que le adjunto. A tanta obstinación, por parte suya, me parece que es fuerza una cita para esta noche. Sea lo que fuere, he prometido por mi honor y mi amistad, que usted tendrá la tierna misiva por la tarde, y ni puedo ni quiero faltar a mi palabra. Ahora, ¿cuál será, joven, su conducta? Puesto entre la coquetería y el amor, entre el goce y la dicha, ¿cuál será su elección? Si hablase al Danceny de hace tres meses, o sólo al de hace ocho días, seguro de su corazón, lo estaría de su conducta; pero el Danceny de hoy, arrancando por las mujeres, corriendo aventuras, y un tanto salteador, según el uso, ¿preferiría la tímida niña, que sólo tiene su cabeza, su inocencia y su amor, a los encantos de una mujer aguerrida?

En cuanto a mí, mi querido amigo, aun en los principios en que usted hoy abunda, y que confieso que son en cierto modo los míos, las circunstancias me decidirían por la joven amante. Por de pronto es una más, y luego la novedad, y aun más el temor de perder el fruto de tantos desvelos descuidando el cogerlos; porque, en fin, sería dejar la ocasión frustrarse, y no siempre vuelve, y sobre todo en una debilidad primera; a veces, en este caso, basta un momento de enfado, una sospecha, menos aún, para impedir el mejor triunfo. La virtud que se ahoga se salva a veces en una tabla; después vuelve a su fuerza y es difícil de rendir.

Además, ¿qué arriesga usted?: ni una ruptura; algún pequeño disgusto a lo más, merced al cual se compra el placer de una reconciliación.

¿Qué otro placer queda a la mujer rendida que el de la indulgencia? ¿qué ganaría con la severidad? La pérdida de un placer sin gloria ni provecho.

Si, como supongo, usted toma el partido del amor, que me parece también el de la razón, creo prudente no excusarse de la cita incumplida; dejarse esperar sencillamente; si arriesga usted una razón, fuerza será justificarla. Las mujeres son curiosas y obstinadas; todo puede descubrirse; yo soy, como usted sabe, buen ejemplo de ello. Pero si deja la esperanza, que mantiene la vanidad, no será perdida sino mucho tiempo después de la hora de las informaciones; mañana elegirá bien el obstáculo, insuperable pretexto de la cosa; usted estuvo malo, muerto si es preciso, y todo se arreglará.

Por lo demás, y cualquiera que sea el partido que tome, ruégole me lo comunique; y como nada va en ello, siempre encontraré bien su conducta.

Y añado aún, que lo que yo lamento es a madame Tourvel, el estar separado de ella, y que pagaría con la mitad de mi vida la dicha de consagrarle la otra mitad. ¡Ah! créame usted, sólo por el amor somos dichosos.

París, 5 diciembre 17...
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