?

Log in

No account? Create an account

Las · Amistades · Peligrosas


Carta CLXXV: La señora de Volanges a la señora de Rosemonde

Recent Entries · Archive · Friends · Profile

* * *
La suerte de madame de Merteuil parece, por fin, decidida, mi querida, y digna amiga; es tal que sus enemigos más grandes sienten, al par que la indignación que merece, la compasión que inspira. Tenía razón al decir que acaso fuese una fortuna para ella morir de la viruela. Se ha salvado, es verdad, pero horriblemente desfigurada, y, sobre todo, ha perdido un ojo. Como usted comprenderá, yo no he vuelto a verla; pero me han dicho que está verdaderamente espantosa.

El marqués de... que no desperdicia ocasión de lanzar un chiste, decía ayer, hablando de ella, que la enfermedad la había transformado, y que ahora es cuando tenía el alma en la cara. Desgraciadamente, todo el mundo encontró la expresión muy justa.

Un nuevo acontecimiento ha venido a agravar más todavía sus extravíos y sus desgracias. Su pleito se ha sentenciado anteayer, y todo lo ha perdido. Costas, perjuicios e intereses, restitución de los frutos, todo ha sitio adjudicado a los menores; de suerte, que la escasa fortuna que no tenía comprometida en este proceso, la ha perdido con creces en las costas.

Tan pronto como conoció esta noticia, aunque enferma aún, hizo sus disposiciones, y se fue sola por la noche en silla de postas. Dicen hoy que ninguno de sus criados ha querido seguirla. Se cree que ha tomado el camino de Holanda.

Esta partida ha escandalizado aún más que todo, porque se ha llevado consigo sus diamantes, que ascienden a una suma muy considerable, y que debían entrar en la sucesión de su marido; toda la plata, sus alhajas, en fin, todo lo que ha podido, y todavía ha dejado tras de sí una deuda de cerca de 50.000 libras. Es una verdadera bancarrota.

La familia debe reunirse mañana para tratar de arreglarse con los acreedores. Aunque soy parienta muy lejana, he ofrecido asistir a la reunión; pero no iré, porque tengo que concurrir a una ceremonia mucho más triste. Ni hija toma mañana el hábito de postulanta. Espero que usted creerá, mi querida amiga, que no he tenido más motivo para creerme obligada a hacer este gran sacrificio que el silencio profundo que usted ha guardado conmigo.

Monsieur Danceny ha salido de París hace cerca de quince días.

Se dice que va a Malta, y que proyecta establecer allí su residencia.
¿Habrá todavía tiempo para detenerle? ¡Amiga mía! ¿Mi hija es tan culpable?... Usted perdonará, sin duda, que una madre no accede sin gran dificultad a adquirir tan dolorosa certera.

¡Qué dolorosa fatalidad se cierne a mi alrededor desde hace algún tiempo, y me hiere en los seres más queridos! ¡En mi hija y en mi amiga!

¡Quién no se espanta al considerar los males que puede acarrear una intimidad peligrosa! y ¡qué penas no nos evitaríamos teniendo más reflexión! ¿Qué mujer no huiría ante la primera proposición de un seductor? ¿Qué madre podría ver, sin temblar, que hablaba a su hija otra persona que no fuese ella? Pero estas tardías reflexiones no llegan nunca, sino después del acontecimiento; y una de las verdades más importantes y más generalmente reconocidas, permanece ahogada, y no se practica en el torbellino de nuestras frívolas costumbres.

Adiós, mi querida y digna amiga, en estos instantes experimento que nuestra razón, insuficiente para prevenir nuestras desgracias, lo es más aún para consolarnos en ellas.

París, 14 de enero de 17...
* * *