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Las · Amistades · Peligrosas


CARTA CLXXIII: LA SEÑORA DE VOLANGES A LA SEÑORA DE ROSEMONDE

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¡Oh, amiga mía! ¡En qué pavoroso velo envuelve usted la suerte de mi hija! ¡Y parece que usted teme que intente yo descorrerlo! ¿Qué es lo que me oculta que pueda afligir más el corazón de una madre que las horribles sospechas en que me sume? Cuanto más conozco su amistad y su indulgencia, más se redoblan mis tormentos; veinte veces desde ayer he querido salir de estas incertidumbres atroces y pedirle que me lo cuente todo sin precauciones ni rodeos, y siempre me he sobrecogido de miedo al pensar en el ruego que de no interrogarla me hace usted. Por fin, he adoptado un sistema que aún me da alguna esperanza, y espero de su amistad que no desoirá mis deseos; éstos son que me conteste si aproximadamente he comprendido lo que usted pudiera haberme dicho, y que me cuente todo cuanto pueda cubrir la indulgencia maternal y que no sea imposible reparar. Si mis desgracias exceden esta medida, me avengo a dejar a usted explicarse tan sólo con el silencio; he aquí, pues, lo que ya he averiguado y hasta dónde pueden llegar mis temores.

Mi hija ha mostrado cierta inclinación hacia el caballero Danceny, y he sabido que ha llegado a recibir cartas de él y hasta a contestarlas; pero yo creí poder impedir que esta infantil ligereza tuviese consecuencias peligrosas: hoy, que todo lo temo, concibo que sería posible que mi vigilancia hubiese sido burlada, y temo que mi hija, seducida, haya puesto el colmo a sus extravíos. Recuerdo también varias circunstancias que confirman este recelo. Ya le he dicho que mi hija se sintió mala cuando supo la noticia de la desgracia acaecida a monsieur de Valmont; acaso tal sensibilidad tuviera por única causa la idea del riesgo corrido por Danceny en aquel combate. Cuando después ha llorado tanto al saber lo que de madame de Merteuil se decía, puede que aquello, que yo creí dolor de amistad, no fuese sino efecto de los celos o de la pena que le causaba ver infiel a su amante. Su último paso me parece que se puede atribuir a igual motivo. A veces se cree uno llamado a Dios por la misma causa que hace revolverse contra los hombres. En fin, suponiendo que estos hechos sean verdaderos y que usted esté de ellos bien enterada, habrá usted podido encontrarlos, de seguro, suficientes para autorizar el riguroso consejo que me da.

Sin embargo, si así es, conservando a mi hija creo deber todavía intentar todos los medios para salvarla de los tormentos y peligros de una vocación ilusoria y pasajera. Si monsieur Danceny no ha perdido todo sentimiento de honradez, no se negará a reparar un daño del que es autor; y puedo creer, por último, que el matrimonio con mi hija es bastante ventajoso para que pueda halagarle, así como también a su familia.

Ésta es, mi querida y digna amiga, la única esperanza que me queda. Apresúrese a confirmármela si esto le es posible. Juzgue usted cuánto desearé su respuesta y qué horrible golpe sería para mí su silencio. Iba a cerrar mi carta, cuando una persona de mi confianza ha venido a verme y me ha contado la terrible escena de que anteayer ha sido madame de Merteuil protagonista. Como no he visto a nadie en estos últimos días, no sabía nada de esta aventura; he aquí su relato como me lo ha hecho un testigo ocular.

Madame de Merteuil llegó anteayer, jueves, del campo y fue a la Comedia Italiana, donde tenía su palco; allí estaba sola, y, lo que debió parecerle extraordinario, ningún hombre la visitó durante el espectáculo.
A la salida entró, según costumbre, en el saloncillo que estaba lleno de gente; inmediatamente se levantó un rumor, del cual pareció no creerse ella el objeto. Vio un lugar desocupado en uno de los divanes y fue a sentarse; en seguida todas las mujeres que allí había se levantaron, como si estuvieran previamente concertadas, y la dejaron completamente sola. Este marcado movimiento de indignación general fue aplaudido por todos los hombres e hizo que se redoblaran los murmullos, que se dice que llegaron hasta una silba.

Para que nada faltase a su humillación, quiso su mala suerte que monsieur de Prevan, que no se había presentado en ninguna parte después de su aventura, entrase en aquel instante en el saloncillo. Apenas fue visto, todos, hombres y mujeres, le rodearon y le aplaudieron; encontróse, por decirlo así, arrastrado hasta madame de Merteuil por el público que hacía círculo alrededor de ellos. Se asegura que ella conservó el aspecto de no ver ni oír nada, y ¡que no cambió de fisonomía! Pero yo creo esto exagerado. Sea lo que fuere, esta situación verdaderamente ignominiosa para ella, duró hasta el momento en que anunciaron su coche, y a su salida se reanudaron los escandalosos silbidos. Es vergonzoso estar emparentada con semejante mujer. Monsieur de Prevan fue la misma noche muy bien acogido por los oficiales de su regimiento que allí se encontraban, y no se duda de que muy pronto será repuesto en su graduación y empleo.

La misma persona que me ha dado este detalle, me ha dicho que madame de Merteuil tenía la noche siguiente una alta fiebre, que se creyó al principio que era el efecto de la situación violenta en que se había encontrado; pero desde ayer por la noche se sabe que se le ha declarado la viruela con muy mal carácter. En verdad, creo que sería morir una felicidad para ella.

Se dice también que esta aventura le hará probablemente mucho daño en el pleito que está próximo a verse y en el cual se pretende que tiene necesidad de grandes influencias.

Adiós, mi querida y digna amiga. Veo en todo esto a los malos castigados, pero no encuentro consuelo alguno para las desgraciadas, víctimas.

París, 18 de diciembre de 17...
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