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Las · Amistades · Peligrosas


Carta CLXXII: La Señora de Rosemonde a la Señora de Volanges

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Si hubiese tenido, mi querida amiga, que ir a buscar a París las aclaraciones que me pide acerca de madame de Merteuil, no me sería posible dárselas todavía; y yo no las hubiese obtenido indudablemente sino vagas e inciertas; pero he recibido unas que no esperaba, ni tenía razones para esperar, pero que llevan al ánimo una gran certidumbre. ¡Oh, amiga mía, cómo la ha engañado esa mujer!

Me repugna entrar en detalles de ese conjunto de horrores; pero todo cuanto se insinúe, esté usted cierta que está muy por debajo de la verdad. Espero, querida amiga, que me conozca lo bastante para creerme bajo mi palabra y que no ha de exigirme prueba alguna. Bástele saber que tengo una multitud de ellas, en este instante, en mis manos.

No es menor la pena que me causa el hacerle idéntica súplica de que no me obligue a exponerle los motivos en que se funda el consejo que me pide, relativo a mademoiselle de Volanges. La exhorto a que no se oponga a la vocación que manifiesta. Seguramente no existe razón alguna que autorice para obligar a tomar este estado, cuando la persona no es a él llamada; pero algunas veces es una gran fortuna que lo sea, y usted ve que su hija le dice que no la desaprobaría si conociese los motivos. El que nos inspira nuestros sentimientos sabe mejor que nuestra vana sabiduría lo que a cada cual conviene, y con frecuencia lo que parece un acto de su severidad es, por el contrario, un acto de su clemencia.

En fin, mi opinión, que yo sentiría que la aflija, y que por lo mismo debe creer que no la emito sin haberla madurado mucho, es que deje a mademoiselle en el convento, pues que ha elegido este partido; que, lejos de contrariar, facilite el proyecto que parece haber formado, y que, esperando su realización, no dude usted en romper el matrimonio que estaba proyectado.

Después de haber cumplido estos penosos deberes de amistad, y no siéndome posible enviarle consuelo alguno, el favor que me queda que pedirle, mi querida amiga, es que no me pregunte nada más sobre lo que se refiera a estos tristes acontecimientos; dejémoslos en el olvido que les conviene, y sin buscar inútiles y desconsoladoras aclaraciones sometámonos a los decretos de la Providencia y creamos en la sabiduría de sus designios hasta cuando nosotros no alcanzamos a comprenderlos.

Adiós, mi querida amiga.

Castillo de..., 15 de diciembre de 17...
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