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Las · Amistades · Peligrosas


Carta CLXXI: La Señora de Rosemonde al Caballero Danceny

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Después de lo que usted me ha comunicado, señor, no hay más remedio que llorar y callarse. Se siente vivir aún, cuando se conocen horrores semejantes, se avergüenza una de ser mujer cuando se sabe que hay una capaz de tales demasías.

Me prestaría de buena gana, señor, por lo que a mí atañe, a dejar en el silencio y a dar al olvido todo cuanto recordase o pudiese dar lugar a tristes acontecimientos. Hasta deseo que éstos no causen a usted más dolor nunca que los inherentes a la infausta ventaja que ha logrado sobre mi sobrino. A pesar de sus extravíos, que no puedo por menos de reconocer, sé que no podré jamás consolarme de su pérdida; pero mi eterna aflicción será la única venganza que me permitiré tomar de usted. A su corazón incumbe el apreciar el valor de ella.

Si usted me permite que, a mi edad, le haga una reflexión que no suele hacerse a la suya, le diré que si tuviésemos una idea clara de aquello en que la verdadera felicidad consiste, no iríamos nunca a buscarla fuera de los límites marcados por las leyes y la religión.

Puede estar seguro de que yo guardaré gustosa y fielmente el depósito que me ha confiado; pero le ruego que me autorice a no entregárselo a nadie, ni a usted mismo, señor, a menos que fuese necesario a su justificación. Me atrevo a creer que usted no desoirá este ruego, y que no querrá experimentar de nuevo, en sí mismo, cuánto se padece después de haber satisfecho aun la más justa venganza.

No ceso en mis pretensiones todavía, persuadida como estoy de su generosidad y delicadeza; sería muy digno de ambas que usted pusiera en mis manos también las cartas de mademoiselle de Volanges, que sin duda conserva y que ya no le interesan. Sé que esta joven ha cometido varias faltas para con usted, pero no creo que usted trate de castigarlas; y, aunque no sea más que por el propio respeto, no querrá envilecer a la persona que tanto ha amado. No tengo necesidad de añadir que las consideraciones a que no es acreedora la hija, las merece la madre, esa respetable señora, respecto de la cual tiene usted no poco que reparar; porque, en fin, sean cuales fuesen las ilusiones que tratemos de hacernos a nosotros mismos por una pretendida delicadeza de sentimientos, es lo cierto que el primero que intenta seducir un corazón todavía sencillo y honrado, se hace por este solo hecho el primer cómplice de su corrupción, y debe ser siempre responsable de los excesos y extravíos que después sobrevengan.

No le extrañe, señor, tanta severidad de mi parte; ésta es la mayor prueba que puedo darle de mi completa estimación. Usted adquirirá nuevos títulos a ella si se presta, como yo deseo, a la seguridad de un secreto cuya publicidad perjudicaría a usted mismo, y llevaría la muerte a un corazón maternal que ya ha herido. En fin, señor, yo deseo prestar este servicio a mi amiga, y si temiese que usted iba a negarme este consuelo, le rogaría que pensara que éste es el único que me ha dejado.

Tengo la honra de ser, etc.

Castillo de..., 15 de diciembre de 17...
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