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Las · Amistades · Peligrosas


Carta CLXX: La Señora de Volanges a la Señora de Rosemonde

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Voy, querida amiga, de sorpresa en sorpresa y de disgusto en disgusto. Es preciso ser madre para tener idea de lo que he sufrido toda la mañana de ayer; y si se han calmado luego mis más crueles inquietudes, aún me queda una viva aflicción, de la que no preveo el fin.

Ayer, a eso de las diez de la mañana, extrañada de no haber visto aún a mi hija, envié a mi doncella a averiguar cuál era la causa del retraso. Volvió a poco sobrecogida, y a mí me sobrecogió aún más, diciendo que mi hija no estaba en su cuarto, y que desde la mañana su doncella no había vuelto a verla. Juzgue usted de mi situación. Llamé a todos mis criados, y especialmente al portero; todos me juraron que no sabían nada y que nada podían decirme acerca del suceso. Fui en seguida al cuarto de mi hija. El desorden que en él reinaba me convenció de que había evidentemente salido por la mañana; pero no encontré nada que me diese más luz. Registré sus armarios, su secrétaire; encontré todo en su lugar, y todos sus vestidos, a excepción del traje con que había salido. Ni siquiera había tomado el poco dinero que tenía.

Como no supo hasta ayer lo que se cuenta de madame de Merteuil, a quien aprecia mucho, y había llorado por eso toda la noche; y como me acordé que ella ignoraba que madame de Merteuil estaba en el campo, mi primera idea fue que había querido ver a su amiga y había hecho la locura de ir a verla sola. Pero el tiempo transcurrió sin que volviese y se renovaron mis inquietudes. Mi pena se aumentaba por momentos y ardía en deseos de descifrar el enigma, pero no me atrevía a tomar informes de ninguna especie, temerosa de dar resonancia a un incidente que quizás pudiera después ocultar a todo el mundo. En mi vida he sufrido tanto.

Por fin, a más de las dos de la tarde recibí, a un mismo tiempo, una carta de mi hija y otra de la superiora de... La carta de mi hija decía únicamente que había temido que yo me opusiera a su vocación de hacerse religiosa y no se había atrevido a hablarme del asunto; el resto de la carta no eran más que excusas por haber tomado una resolución semejante sin mi permiso, aunque yo no la desaprobaría seguramente si conociese los motivos, sobre los cuales me rogaba, sin embargo, que nada le preguntase.

La superiora me decía que, habiendo visto llegar a una joven sola, se había por un momento negado a recibirla; pero habiéndola interrogado y sabido quién era, había creído hacerme un servicio, empezando por dar asilo a mi hija para no exponerla a nuevas correrías, a las cuales parecía determinada. La superiora, ofreciéndome muy razonablemente enviarme a mi hija, si así lo exigía yo, me aconsejaba, como cumple a persona de su condición, no oponerme a una vocación que ella califica de muy decidida; me decía también que no había podido participarme antes de este acontecimiento, por el trabajo que le había costado el conseguir que mi hija me escribiera, porque su proyecto era que nadie supiese a qué lugar se había retirado. Es una cosa terrible el atolondramiento de los niños.

He estado, en seguida en el convento, y después de ver a la superiora, le pedí ver a mi hija. esta vino muy apenada y temblorosa. Le hablé delante de las monjas y también a solas. Todo lo que he podido sacarle, en medio de muchas lágrimas, es que no podía ser feliz más que en el convento; he adoptado la resolución de permitirle permanecer allí, pero sin entrar aún con el carácter de postulanta como ella me pedía. Temo que la muerte de madame de Tourvel y la de monsieur de Valmont hayan afectado excesivamente a su pueril imaginación. Por mucho respeto que me inspire la vocación religiosa, no vería sin pena y sin temor a mi hija abrazar tal estado. Me parece que tenemos bastantes deberes que cumplir para que tratemos de crearnos otros nuevos, y sobre todo que no es su edad la más a propósito para saber lo que nos conviene.

Lo que complica más mi situación es el próximo regreso de monsieur de Gercourt. ¿Habrá que romper un enlace tan ventajoso? ¿Cómo hacer la felicidad de estos muchachos si no basta tener el mejor deseo y prodigarles los mayores cuidarlos? Le agradecería mucho que me dijese lo que haría en mi lugar; no puedo tomar resolución alguna; no encuentro nada más espantoso que tener que decidir de la suerte de los demás; y lo mismo temo en esta ocasión desplegar la severidad de un juez que la debilidad de una madre.

Me reconvengo sin cesar por aumentar sus penas con el relato de las mías; pero conozco ese corazón; el consuelo que Ud. puede dar a los demás, es el más grande que puede darse a sí misma.

Adiós, mi querida y digna amiga, espero sus dos contestaciones con mucha impaciencia.

París, 13 de diciembre de 17...
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