?

Log in

Las · Amistades · Peligrosas


en tiempo real

Recent Entries · Archive · Friends · Profile

* * *
La suerte de madame de Merteuil parece, por fin, decidida, mi querida, y digna amiga; es tal que sus enemigos más grandes sienten, al par que la indignación que merece, la compasión que inspira. Tenía razón al decir que acaso fuese una fortuna para ella morir de la viruela. Se ha salvado, es verdad, pero horriblemente desfigurada, y, sobre todo, ha perdido un ojo. Como usted comprenderá, yo no he vuelto a verla; pero me han dicho que está verdaderamente espantosa.

El marqués de... que no desperdicia ocasión de lanzar un chiste, decía ayer, hablando de ella, que la enfermedad la había transformado, y que ahora es cuando tenía el alma en la cara. Desgraciadamente, todo el mundo encontró la expresión muy justa.

Un nuevo acontecimiento ha venido a agravar más todavía sus extravíos y sus desgracias. Su pleito se ha sentenciado anteayer, y todo lo ha perdido. Costas, perjuicios e intereses, restitución de los frutos, todo ha sitio adjudicado a los menores; de suerte, que la escasa fortuna que no tenía comprometida en este proceso, la ha perdido con creces en las costas.

Tan pronto como conoció esta noticia, aunque enferma aún, hizo sus disposiciones, y se fue sola por la noche en silla de postas. Dicen hoy que ninguno de sus criados ha querido seguirla. Se cree que ha tomado el camino de Holanda.

Esta partida ha escandalizado aún más que todo, porque se ha llevado consigo sus diamantes, que ascienden a una suma muy considerable, y que debían entrar en la sucesión de su marido; toda la plata, sus alhajas, en fin, todo lo que ha podido, y todavía ha dejado tras de sí una deuda de cerca de 50.000 libras. Es una verdadera bancarrota.

La familia debe reunirse mañana para tratar de arreglarse con los acreedores. Aunque soy parienta muy lejana, he ofrecido asistir a la reunión; pero no iré, porque tengo que concurrir a una ceremonia mucho más triste. Ni hija toma mañana el hábito de postulanta. Espero que usted creerá, mi querida amiga, que no he tenido más motivo para creerme obligada a hacer este gran sacrificio que el silencio profundo que usted ha guardado conmigo.

Monsieur Danceny ha salido de París hace cerca de quince días.

Se dice que va a Malta, y que proyecta establecer allí su residencia.
¿Habrá todavía tiempo para detenerle? ¡Amiga mía! ¿Mi hija es tan culpable?... Usted perdonará, sin duda, que una madre no accede sin gran dificultad a adquirir tan dolorosa certera.

¡Qué dolorosa fatalidad se cierne a mi alrededor desde hace algún tiempo, y me hiere en los seres más queridos! ¡En mi hija y en mi amiga!

¡Quién no se espanta al considerar los males que puede acarrear una intimidad peligrosa! y ¡qué penas no nos evitaríamos teniendo más reflexión! ¿Qué mujer no huiría ante la primera proposición de un seductor? ¿Qué madre podría ver, sin temblar, que hablaba a su hija otra persona que no fuese ella? Pero estas tardías reflexiones no llegan nunca, sino después del acontecimiento; y una de las verdades más importantes y más generalmente reconocidas, permanece ahogada, y no se practica en el torbellino de nuestras frívolas costumbres.

Adiós, mi querida y digna amiga, en estos instantes experimento que nuestra razón, insuficiente para prevenir nuestras desgracias, lo es más aún para consolarnos en ellas.

París, 14 de enero de 17...
* * *
Usted tiene razón, señora, y puede estar segura de que no he de negarle nada que de mí dependa y que tenga para usted importancia. El paquete que me honro de enviarle contiene todas las cartas de mademoiselle de Volanges. Si las lee, no podrá ver, sin asombro, que pueda reunirse tanta iniquidad y tanta perfidia. Esta es, por lo menos, la impresión que me ha hecho su última lectura.

Pero, sobre todo, ¿puede dejarse de sentir la más viva indignación contra madame de Merteuil, cuando se recuerda con qué abominable placer ha puesto todos los medios posibles para abusar de tanto candor e inocencia?

No, yo no la amo. No conservo rastro de un sentimiento traicionado tan indignamente; y no es el amor lo que me impulsa a tratar de justificar a mademoiselle de Volanges. Pero, sin embargo, aquel corazón tan sencillo, aquel carácter tan dulce y tan dócil, ¿no hubieran podido ser conducidos al bien, con mayor facilidad todavía que han sido arrastrados al mal? ¿Qué joven recién salida del convento, sin experiencia y casi sin ideas, y sin llevar a la sociedad, como casi siempre sucede, más que la misma ignorancia para el bien que para el mal, qué joven, digo, hubiera podido resistir más a tan execrables artificios? ¡Ah! para ser indulgente, es necesario reflexionar qué serie de circunstancias independientes de nosotros, nos ponen en la pavorosa alternativa de la delicadeza y de la depravación de nuestros sentimientos. Usted me hace, pues, justicia, señora, suponiendo que los extravíos de mademoiselle de Volanges, que he deplorado muy vivamente, no me inspiran, sin embargo, ninguna idea de venganza. ¡Bastante es tener que renunciar a amarla! ¡Me costaría mucho aborrecerla!

No necesito reflexión alguna para desear que todo cuanto a ella concierne y pueda perjudicarla, quede por siempre ignorado del mundo entero. Si ha parecido que yo dilataba algo satisfacer los deseos de usted sobre este punto, creo poder no ocultarle el motivo; he querido antes estar seguro de que no sería molestado a consecuencia de mi desgraciado lance. En un tiempo que solicitaba su indulgencia y me atrevía a creerme con ciertos derechos a ella; hubiera temido aparecer con la intención de comprar a usted con alguna condescendencia por mi parte; y, seguro de la pureza de mis razones, he tenido, lo confieso, el orgullo de querer que usted no lo pusiera en duda. Espero que perdonará esta delicadeza, acaso excesivamente susceptible, a la veneración que me inspira, y a la mucha importancia que concedo a su estimación.

Este mismo sentimiento, me hace pedirle como último favor, que tenga a bien decirme si cree que he cumplido todos los deberes que me han impuesto las desgraciadas circunstancias de que me he visto rodeado. Una voz tranquilo sobre este asunto, mi resolución está ya tomada: salgo para Malta; voy a hacer allí gustoso y a observar religiosamente votos, que me separarán de un mundo en el cual, tan joven aún, he tenido ya tanto de que lamentarme; iré allí, por último, a buscar el modo de borrar, bajo un cielo extranjero, la idea de tantos horrores acumulados, y cuyo recuerdo no podría más que entristecer y atormentar mi alma.

Soy con respeto, señora, su humilde, etc.

París, 26 de diciembre de 17...
* * *
¡Oh, amiga mía! ¡En qué pavoroso velo envuelve usted la suerte de mi hija! ¡Y parece que usted teme que intente yo descorrerlo! ¿Qué es lo que me oculta que pueda afligir más el corazón de una madre que las horribles sospechas en que me sume? Cuanto más conozco su amistad y su indulgencia, más se redoblan mis tormentos; veinte veces desde ayer he querido salir de estas incertidumbres atroces y pedirle que me lo cuente todo sin precauciones ni rodeos, y siempre me he sobrecogido de miedo al pensar en el ruego que de no interrogarla me hace usted. Por fin, he adoptado un sistema que aún me da alguna esperanza, y espero de su amistad que no desoirá mis deseos; éstos son que me conteste si aproximadamente he comprendido lo que usted pudiera haberme dicho, y que me cuente todo cuanto pueda cubrir la indulgencia maternal y que no sea imposible reparar. Si mis desgracias exceden esta medida, me avengo a dejar a usted explicarse tan sólo con el silencio; he aquí, pues, lo que ya he averiguado y hasta dónde pueden llegar mis temores.

Mi hija ha mostrado cierta inclinación hacia el caballero Danceny, y he sabido que ha llegado a recibir cartas de él y hasta a contestarlas; pero yo creí poder impedir que esta infantil ligereza tuviese consecuencias peligrosas: hoy, que todo lo temo, concibo que sería posible que mi vigilancia hubiese sido burlada, y temo que mi hija, seducida, haya puesto el colmo a sus extravíos. Recuerdo también varias circunstancias que confirman este recelo. Ya le he dicho que mi hija se sintió mala cuando supo la noticia de la desgracia acaecida a monsieur de Valmont; acaso tal sensibilidad tuviera por única causa la idea del riesgo corrido por Danceny en aquel combate. Cuando después ha llorado tanto al saber lo que de madame de Merteuil se decía, puede que aquello, que yo creí dolor de amistad, no fuese sino efecto de los celos o de la pena que le causaba ver infiel a su amante. Su último paso me parece que se puede atribuir a igual motivo. A veces se cree uno llamado a Dios por la misma causa que hace revolverse contra los hombres. En fin, suponiendo que estos hechos sean verdaderos y que usted esté de ellos bien enterada, habrá usted podido encontrarlos, de seguro, suficientes para autorizar el riguroso consejo que me da.

Sin embargo, si así es, conservando a mi hija creo deber todavía intentar todos los medios para salvarla de los tormentos y peligros de una vocación ilusoria y pasajera. Si monsieur Danceny no ha perdido todo sentimiento de honradez, no se negará a reparar un daño del que es autor; y puedo creer, por último, que el matrimonio con mi hija es bastante ventajoso para que pueda halagarle, así como también a su familia.

Ésta es, mi querida y digna amiga, la única esperanza que me queda. Apresúrese a confirmármela si esto le es posible. Juzgue usted cuánto desearé su respuesta y qué horrible golpe sería para mí su silencio. Iba a cerrar mi carta, cuando una persona de mi confianza ha venido a verme y me ha contado la terrible escena de que anteayer ha sido madame de Merteuil protagonista. Como no he visto a nadie en estos últimos días, no sabía nada de esta aventura; he aquí su relato como me lo ha hecho un testigo ocular.

Madame de Merteuil llegó anteayer, jueves, del campo y fue a la Comedia Italiana, donde tenía su palco; allí estaba sola, y, lo que debió parecerle extraordinario, ningún hombre la visitó durante el espectáculo.
A la salida entró, según costumbre, en el saloncillo que estaba lleno de gente; inmediatamente se levantó un rumor, del cual pareció no creerse ella el objeto. Vio un lugar desocupado en uno de los divanes y fue a sentarse; en seguida todas las mujeres que allí había se levantaron, como si estuvieran previamente concertadas, y la dejaron completamente sola. Este marcado movimiento de indignación general fue aplaudido por todos los hombres e hizo que se redoblaran los murmullos, que se dice que llegaron hasta una silba.

Para que nada faltase a su humillación, quiso su mala suerte que monsieur de Prevan, que no se había presentado en ninguna parte después de su aventura, entrase en aquel instante en el saloncillo. Apenas fue visto, todos, hombres y mujeres, le rodearon y le aplaudieron; encontróse, por decirlo así, arrastrado hasta madame de Merteuil por el público que hacía círculo alrededor de ellos. Se asegura que ella conservó el aspecto de no ver ni oír nada, y ¡que no cambió de fisonomía! Pero yo creo esto exagerado. Sea lo que fuere, esta situación verdaderamente ignominiosa para ella, duró hasta el momento en que anunciaron su coche, y a su salida se reanudaron los escandalosos silbidos. Es vergonzoso estar emparentada con semejante mujer. Monsieur de Prevan fue la misma noche muy bien acogido por los oficiales de su regimiento que allí se encontraban, y no se duda de que muy pronto será repuesto en su graduación y empleo.

La misma persona que me ha dado este detalle, me ha dicho que madame de Merteuil tenía la noche siguiente una alta fiebre, que se creyó al principio que era el efecto de la situación violenta en que se había encontrado; pero desde ayer por la noche se sabe que se le ha declarado la viruela con muy mal carácter. En verdad, creo que sería morir una felicidad para ella.

Se dice también que esta aventura le hará probablemente mucho daño en el pleito que está próximo a verse y en el cual se pretende que tiene necesidad de grandes influencias.

Adiós, mi querida y digna amiga. Veo en todo esto a los malos castigados, pero no encuentro consuelo alguno para las desgraciadas, víctimas.

París, 18 de diciembre de 17...
* * *
Si hubiese tenido, mi querida amiga, que ir a buscar a París las aclaraciones que me pide acerca de madame de Merteuil, no me sería posible dárselas todavía; y yo no las hubiese obtenido indudablemente sino vagas e inciertas; pero he recibido unas que no esperaba, ni tenía razones para esperar, pero que llevan al ánimo una gran certidumbre. ¡Oh, amiga mía, cómo la ha engañado esa mujer!

Me repugna entrar en detalles de ese conjunto de horrores; pero todo cuanto se insinúe, esté usted cierta que está muy por debajo de la verdad. Espero, querida amiga, que me conozca lo bastante para creerme bajo mi palabra y que no ha de exigirme prueba alguna. Bástele saber que tengo una multitud de ellas, en este instante, en mis manos.

No es menor la pena que me causa el hacerle idéntica súplica de que no me obligue a exponerle los motivos en que se funda el consejo que me pide, relativo a mademoiselle de Volanges. La exhorto a que no se oponga a la vocación que manifiesta. Seguramente no existe razón alguna que autorice para obligar a tomar este estado, cuando la persona no es a él llamada; pero algunas veces es una gran fortuna que lo sea, y usted ve que su hija le dice que no la desaprobaría si conociese los motivos. El que nos inspira nuestros sentimientos sabe mejor que nuestra vana sabiduría lo que a cada cual conviene, y con frecuencia lo que parece un acto de su severidad es, por el contrario, un acto de su clemencia.

En fin, mi opinión, que yo sentiría que la aflija, y que por lo mismo debe creer que no la emito sin haberla madurado mucho, es que deje a mademoiselle en el convento, pues que ha elegido este partido; que, lejos de contrariar, facilite el proyecto que parece haber formado, y que, esperando su realización, no dude usted en romper el matrimonio que estaba proyectado.

Después de haber cumplido estos penosos deberes de amistad, y no siéndome posible enviarle consuelo alguno, el favor que me queda que pedirle, mi querida amiga, es que no me pregunte nada más sobre lo que se refiera a estos tristes acontecimientos; dejémoslos en el olvido que les conviene, y sin buscar inútiles y desconsoladoras aclaraciones sometámonos a los decretos de la Providencia y creamos en la sabiduría de sus designios hasta cuando nosotros no alcanzamos a comprenderlos.

Adiós, mi querida amiga.

Castillo de..., 15 de diciembre de 17...
* * *
Después de lo que usted me ha comunicado, señor, no hay más remedio que llorar y callarse. Se siente vivir aún, cuando se conocen horrores semejantes, se avergüenza una de ser mujer cuando se sabe que hay una capaz de tales demasías.

Me prestaría de buena gana, señor, por lo que a mí atañe, a dejar en el silencio y a dar al olvido todo cuanto recordase o pudiese dar lugar a tristes acontecimientos. Hasta deseo que éstos no causen a usted más dolor nunca que los inherentes a la infausta ventaja que ha logrado sobre mi sobrino. A pesar de sus extravíos, que no puedo por menos de reconocer, sé que no podré jamás consolarme de su pérdida; pero mi eterna aflicción será la única venganza que me permitiré tomar de usted. A su corazón incumbe el apreciar el valor de ella.

Si usted me permite que, a mi edad, le haga una reflexión que no suele hacerse a la suya, le diré que si tuviésemos una idea clara de aquello en que la verdadera felicidad consiste, no iríamos nunca a buscarla fuera de los límites marcados por las leyes y la religión.

Puede estar seguro de que yo guardaré gustosa y fielmente el depósito que me ha confiado; pero le ruego que me autorice a no entregárselo a nadie, ni a usted mismo, señor, a menos que fuese necesario a su justificación. Me atrevo a creer que usted no desoirá este ruego, y que no querrá experimentar de nuevo, en sí mismo, cuánto se padece después de haber satisfecho aun la más justa venganza.

No ceso en mis pretensiones todavía, persuadida como estoy de su generosidad y delicadeza; sería muy digno de ambas que usted pusiera en mis manos también las cartas de mademoiselle de Volanges, que sin duda conserva y que ya no le interesan. Sé que esta joven ha cometido varias faltas para con usted, pero no creo que usted trate de castigarlas; y, aunque no sea más que por el propio respeto, no querrá envilecer a la persona que tanto ha amado. No tengo necesidad de añadir que las consideraciones a que no es acreedora la hija, las merece la madre, esa respetable señora, respecto de la cual tiene usted no poco que reparar; porque, en fin, sean cuales fuesen las ilusiones que tratemos de hacernos a nosotros mismos por una pretendida delicadeza de sentimientos, es lo cierto que el primero que intenta seducir un corazón todavía sencillo y honrado, se hace por este solo hecho el primer cómplice de su corrupción, y debe ser siempre responsable de los excesos y extravíos que después sobrevengan.

No le extrañe, señor, tanta severidad de mi parte; ésta es la mayor prueba que puedo darle de mi completa estimación. Usted adquirirá nuevos títulos a ella si se presta, como yo deseo, a la seguridad de un secreto cuya publicidad perjudicaría a usted mismo, y llevaría la muerte a un corazón maternal que ya ha herido. En fin, señor, yo deseo prestar este servicio a mi amiga, y si temiese que usted iba a negarme este consuelo, le rogaría que pensara que éste es el único que me ha dejado.

Tengo la honra de ser, etc.

Castillo de..., 15 de diciembre de 17...
* * *
* * *
Voy, querida amiga, de sorpresa en sorpresa y de disgusto en disgusto. Es preciso ser madre para tener idea de lo que he sufrido toda la mañana de ayer; y si se han calmado luego mis más crueles inquietudes, aún me queda una viva aflicción, de la que no preveo el fin.

Ayer, a eso de las diez de la mañana, extrañada de no haber visto aún a mi hija, envié a mi doncella a averiguar cuál era la causa del retraso. Volvió a poco sobrecogida, y a mí me sobrecogió aún más, diciendo que mi hija no estaba en su cuarto, y que desde la mañana su doncella no había vuelto a verla. Juzgue usted de mi situación. Llamé a todos mis criados, y especialmente al portero; todos me juraron que no sabían nada y que nada podían decirme acerca del suceso. Fui en seguida al cuarto de mi hija. El desorden que en él reinaba me convenció de que había evidentemente salido por la mañana; pero no encontré nada que me diese más luz. Registré sus armarios, su secrétaire; encontré todo en su lugar, y todos sus vestidos, a excepción del traje con que había salido. Ni siquiera había tomado el poco dinero que tenía.

Como no supo hasta ayer lo que se cuenta de madame de Merteuil, a quien aprecia mucho, y había llorado por eso toda la noche; y como me acordé que ella ignoraba que madame de Merteuil estaba en el campo, mi primera idea fue que había querido ver a su amiga y había hecho la locura de ir a verla sola. Pero el tiempo transcurrió sin que volviese y se renovaron mis inquietudes. Mi pena se aumentaba por momentos y ardía en deseos de descifrar el enigma, pero no me atrevía a tomar informes de ninguna especie, temerosa de dar resonancia a un incidente que quizás pudiera después ocultar a todo el mundo. En mi vida he sufrido tanto.

Por fin, a más de las dos de la tarde recibí, a un mismo tiempo, una carta de mi hija y otra de la superiora de... La carta de mi hija decía únicamente que había temido que yo me opusiera a su vocación de hacerse religiosa y no se había atrevido a hablarme del asunto; el resto de la carta no eran más que excusas por haber tomado una resolución semejante sin mi permiso, aunque yo no la desaprobaría seguramente si conociese los motivos, sobre los cuales me rogaba, sin embargo, que nada le preguntase.

La superiora me decía que, habiendo visto llegar a una joven sola, se había por un momento negado a recibirla; pero habiéndola interrogado y sabido quién era, había creído hacerme un servicio, empezando por dar asilo a mi hija para no exponerla a nuevas correrías, a las cuales parecía determinada. La superiora, ofreciéndome muy razonablemente enviarme a mi hija, si así lo exigía yo, me aconsejaba, como cumple a persona de su condición, no oponerme a una vocación que ella califica de muy decidida; me decía también que no había podido participarme antes de este acontecimiento, por el trabajo que le había costado el conseguir que mi hija me escribiera, porque su proyecto era que nadie supiese a qué lugar se había retirado. Es una cosa terrible el atolondramiento de los niños.

He estado, en seguida en el convento, y después de ver a la superiora, le pedí ver a mi hija. esta vino muy apenada y temblorosa. Le hablé delante de las monjas y también a solas. Todo lo que he podido sacarle, en medio de muchas lágrimas, es que no podía ser feliz más que en el convento; he adoptado la resolución de permitirle permanecer allí, pero sin entrar aún con el carácter de postulanta como ella me pedía. Temo que la muerte de madame de Tourvel y la de monsieur de Valmont hayan afectado excesivamente a su pueril imaginación. Por mucho respeto que me inspire la vocación religiosa, no vería sin pena y sin temor a mi hija abrazar tal estado. Me parece que tenemos bastantes deberes que cumplir para que tratemos de crearnos otros nuevos, y sobre todo que no es su edad la más a propósito para saber lo que nos conviene.

Lo que complica más mi situación es el próximo regreso de monsieur de Gercourt. ¿Habrá que romper un enlace tan ventajoso? ¿Cómo hacer la felicidad de estos muchachos si no basta tener el mejor deseo y prodigarles los mayores cuidarlos? Le agradecería mucho que me dijese lo que haría en mi lugar; no puedo tomar resolución alguna; no encuentro nada más espantoso que tener que decidir de la suerte de los demás; y lo mismo temo en esta ocasión desplegar la severidad de un juez que la debilidad de una madre.

Me reconvengo sin cesar por aumentar sus penas con el relato de las mías; pero conozco ese corazón; el consuelo que Ud. puede dar a los demás, es el más grande que puede darse a sí misma.

Adiós, mi querida y digna amiga, espero sus dos contestaciones con mucha impaciencia.

París, 13 de diciembre de 17...
* * *
Señora: quizás encuentre usted muy extraño el paso que voy a dar; pero le ruego que me escuche antes de juzgarme, y que no vea ni audacia, ni temeridad, donde no hay más que respeto y confianza. No se me ocultan las desfavorables circunstancias en que, con relación a usted, me encuentro; y no me perdonaría en la vida mi desgracia, si pudiese pensar un solo instante que me había sido posible evitarla. Esté, señora, bien persuadida de que, no por estar exento de reproches, dejo de estarlo de pena; y aun puedo añadir, con sinceridad, que la que le causo, contribuye a agravar mucho las que yo siento. Para creer en los sentimientos, que me atrevo a manifestarle, debe bastarle con hacerse justicia a sí misma, y con saber que, sin tener la suerte de que usted me conozca, yo tengo, sin embargo, la de conocerla.

No obstante, al deplorar la fatalidad que ha causado sus desgracias y las mías, se me quiere hacer temer que, entregada usted a la venganza por completo, busque los medios de conseguirla hasta en la severidad de las leyes.

Permítame, ante todo, que le haga observar, a este propósito, que su dolor le ofusca, porque mi interés en este asunto está íntimamente ligado al de monsieur de Valmont; y que él se encontraría envuelto en la condenación que usted provocará contra mí. Yo creía, señora, poder contar, por lo que a usted se refiere, más con ayuda que con obstáculos en las gestiones que yo me viese obligado a emprender para que este desgraciado acontecimiento quedase enterrado en el silencio.

Pero este recurso de complicidad, que conviene igualmente al inocente y al culpable, no basta a mi delicadeza; deseoso de descartar a usted como parte, la reclamo como juez. La estimación de las personas que se respetan es demasiado preciosa para que yo deje perder la suya sin defenderla; y creo tener los medios para ello.

En efecto, si usted conviene en que la venganza es permitida, mejor dicho, que es debida cuando se ha sido traicionado en el amor, en la amistad, y, sobre todo, en la confianza; si conviene en esto, mis extravíos van a desaparecer ante sus ojos. No crea en mis razonamientos; pero lea, si tiene valor para ello, la correspondencia que en sus manos deposito29 . Las cartas originales que en ella se encuentran, comprueban la autenticidad de aquellas de las que sólo existen copias. Por lo demás he recibido estos papeles, tal y como tengo la honra de remitírselos, de manos del mismo monsieur de Valmont. No he añadido nada; y he hecho uso tan sólo de dos cartas, que he hecho publicar.

Una era necesaria a la venganza común de monsieur de Valmont y mía, a la cual teníamos ambos derecho; y de la cual él me había encargado expresamente. He creído, además, que prestaba un servicio a la sociedad, desenmascarando a una mujer tan peligrosa como madame de Merteuil, y que, como usted podrá ver, es la única, la verdadera causa de cuanto entre monsieur de Valmont y yo ha sucedido.

Un sentimiento de justicia me ha llevado también a publicar la segunda, para la justificación de monsieur de Prevan, que apenas conozco; pero quien de ningún modo merece el riguroso tratamiento que acaba de padecer, ni la severidad de los juicios del público, más inexorable todavía, y bajo la cual se halla hace tiempo, sin tener medios de defensa.

De estas dos cartas no encontrará usted más que copias, porque yo guardo los originales. Por lo que a las demás se refiere, no creo poder confiar a manos más seguras un depósito que acaso me importe que no sea destruido; pero del cual me avergonzaría de hacer mal uso. Creo, señora, que al entregarle estos papeles, sirvo mejor los intereses de las personas a quienes pueda importarles, que remitiéndoselos a ellas mismas; les libro de la violenta situación en que se hallarían al recibirlos de mis propias manos, y al saber que conozco aventuras que, indudablemente, desean que todo el mundo ignore.

Creo deber advertirle, a este propósito, que la correspondencia adjunta no es más que una parte de otra más voluminosa, de la cual la entresacó monsieur de Valmont en mi presencia, y que usted debe encontrar, al levantar los sellos, bajo el título, que he visto, de cuenta abierta entre la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont. Vuestra merced adoptará, sobre este punto, el partido que su prudencia le sugiera.

Soy con el mayor respeto, señora, etc.

P. D. -Algunos avisos que he recibido y los consejos de mis amigos, me han obligarlo a ausentarme de París por algún tiempo; pero el lugar de mi retirada, secreto para todo el mundo, no lo será para usted. Si me honra con una respuesta, le ruego que la dirija a la Encomienda de... para P... y en el sobre: Señor Comendador de... Desde la casa de este señor tengo la honra de escribir a usted.


París, 12 de diciembre de 17...
* * *
Mi querida y digna amiga: corren aquí rumores extraños y muy enojosos, acerca de madame de Merteuil. Yo estoy, por supuesto, muy lejos de creerlos, y hasta apostaría que no son más que una infame calumnia; pero sé además muy bien cuán pronto toman consistencia las más inverosímiles historias, y cuán difícilmente se borra la impresión que dejan, para que no me alarmen éstas a que me refiero, por fácil que yo crea el destruirlas. Desearía, sobre todo, que esos rumores se desmintiesen antes de propagarse más. Pero recién supe ayer, ya muy tarde, los horrores que empiezan a decirse; y cuando mandé recado esta maligna a casa de madame de Merteuil, acababa de salir para el campo, donde ha de pasar dos días. No han sabido decirme a casa de quién se ha ido. Su segunda doncella, que he hecho venir a hablar conmigo, me ha dicho que su señora no había hecho más que darle orden de esperarla el jueves próximo; y ninguno de los criados que ha dejado, sabe más. Yo misma no tengo idea de dónde ha podido ir: no me acuerdo de nadie que ella conozca que se quede tan tarde en el campo.

Sea de esto lo que fuere, yo espero que usted podrá, de aquí al regreso de madame de Merteuil, hacerme aclaraciones que han de serme muy útiles; porque estas odiosas historias se fundan en circunstancias de la muerte de monsieur de Valmont, de las cuales debe usted de estar enterada, si son verdaderas, o le será fácil, por lo menos, enterarse, lo que por favor le pido. He aquí lo que se dice, o por mejor decir, lo que todavía se murmura; pero que no tardará, seguramente, en hacerse más público.

Se dice que el lance surgido entre monsieur de Valmont y el caballero Danceny, es obra de madame de Merteuil, que engañaba igualmente a ambos; que, como casi siempre acontece, los dos rivales han empezarlo por batirse, y no han obtenido aclaraciones, sino después del encuentro; que estas aclaraciones dieron lugar a una reconciliación sincera; y que para desenmascarar a madame de Merteuil a los ojos del caballero Danceny, así como para justificarse él mismo, monsieur de Valmont unió a sus declaraciones una multitud de cartas, que forman una correspondencia regular que con ella sostenía, y en la cual se muestra madame de Merteuil, en el estilo más libre, protagonista de las anécdotas más escandalosas.

Se añade que Danceny, en sus primeros momentos de indignación, ha entregado estas cartas a todo el que ha querido leerlas, y que ahora corren por París. Se citan, especialmente, dos : una en que hace la historia completa de su vida y de sus principios, y en que se dice el colmo del horror; otra que justifica plenamente a monsieur de Prevan, cuya historia usted recuerda, por la prueba que allí se encuentra, de que él no hizo más que ceder a los avances más descarnados de madame de Merteuil, y que la cita estaba convenida con ella.

Tengo, afortunadamente, las más poderosas razones para creer que estás imputaciones son tan falsas como odiosas. Por de pronto, ambas sabemos que monsieur de Valmont no se ocupaba, seguramente, de madame de Merteuil; y tengo motivos para creer, que Danceny no se ocupaba más de ella. Así, pues, me parece que no pudo ser ni el motivo, ni el autor del lance. No comprendo tampoco qué interés hubiera podido tener madame de Merteuil en que se la supusiera de acuerdo con monsieur de Prevan, para hacer una escena, que no podía sino ser desagradable por su resonancia, y podía ser peligrosa para ella, puesto que le creaba un enemigo irreconciliable en un hombre que conocía una parte de su secreto, y que tenía muchos partidarios entonces. Sin embargo, es de notar que, desde esta aventura, no se ha elevado ni una sola voz a favor de Prevan, y que, ni por parte de él mismo, ha habido una sola reclamación.

Estas reflexiones me inducen a sospecharle autor de los rumores que corren hoy, y a mirar estas tenebrosidades como obra del odio y de la venganza de un hombre que, viéndose perdido, espera, por este medio, sembrar, al menos, dudas, y procurar, tal vez, una diversión útil. Pero vengan de quien vinieren estas infamias, urge el destruirlas. Caería por su base, si se averiguase que, como es verosímil, monsieur de Valmont y monsieur Danceny no se hablaron después de su desgraciado encuentro, ni hubo entrega de cartas.

En mi impaciencia por comprobar estos hechos, he enviado esta mañana a preguntar por monsieur Danceny. Tampoco está en París. Sus criados han dicho a mi lacayo que había partido esta noche, a consecuencia de un aviso que había recibido ayer; y que era un secreto el lugar donde se hallaba. Indudablemente teme las consecuencias de su lance. Únicamente por usted, mi querida y digna amiga, puedo yo saber los detalles que me interesan, y que pueden ser tan necesarios a madame de Merteuil. Reitero a usted la súplica de que los proporcione lo antes posible.

P. D. -La indisposición de mi hija no ha tenido consecuencia alguna; y me encarga que le presente sus respetos.

París, 11 de diciembre de 17...
* * *
Señor: tengo la honra de prevenirle de que esta mañana, en la Audiencia, han hablado los agentes de la justicia de la cuestión que usted ha tenido en estos días con el señor vizconde de Valmont; y de que es de temer que el ministerio público intervenga en este asunto. He creído que esta advertencia podría serle útil, ya para invocar el auxilio de sus protectores, y evitar así enojosas consecuencias, ya para poder, en el caso de que no fueran eficaces las influencias, tomar las necesarias precauciones personales.

Si usted me permite que le dé un consejo, creo que haría muy bien en presentarse en público, durante algún tiempo, menos de lo que lo hace, de años días a esta parte. Aunque ordinariamente se es muy indulgente para esta clase de lances, se debe, sin embargo, ese respeto a la ley.

Esta precaución se hace tanto más necesaria, cuanto que he averiguado que una cierta madame de Rosemonde, que dicen que es tía de monsieur de Valmont, quería encausar a usted; y en este caso, el ministerio público no podría negarse a su demanda. Sería, tal vez, conveniente que usted pudiese hacer hablar a esa señora.

Razones particulares me impiden firmar esta carta. Pero creo que, no por ignorar de quien procede, hará menos justicia a los sentimientos que la dictan.
Tengo la honra de ser, etc.

París, 10 de diciembre de 17...
* * *
Señora: a consecuencia de las órdenes que vuestra merced ha tenido a bien comunicarme, he tenido la honra de ver al señor presidente de... y le he enseñado la carta de vuestra merced, previniéndole que, según sus deseos, obraría conforme a los consejos que él me diese. Este respetable magistrado me ha encargado que llame la atención de vuestra merced sobre lo mucho que perjudicaría a la buena memoria de su sobrino, cuya honra padecería sin duda por la sentencia del tribunal, la causa que intenta contra el caballero Danceny. Su opinión es, pues, que vuestra merced debe abstenerse de toda gestión; y que si hay algo que hacer es, por el contrario, tratar de evitar que el ministerio público tenga conocimiento de esta desgraciada aventura que ya ha cundido demasiado.

Estas observaciones me han parecido muy prudentes, y yo he decidido esperar nuevas órdenes de vuestra merced.

Permítame, señora, que le suplique que, al tiempo de transmitírmela, me dé noticias acerca del estado de su salud, por la cual abrigo ciertos temores, después de tantas penas. Espero que vuestra merced perdonará esta libertad a mi lealtad y a mi celo.

Soy de vuestra merced, señora, con respeto, etc.

París, 10 de diciembre de 17...
* * *
* * *

Previous